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La asnocracia Viernes/19/02/2002
Por Heinz Dieterich Steffan : El Siglo. |
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Todas las guerras se deciden en dos frentes: el militar-económico y el político-psicológico. En el conflicto de Afganistán, el talón de Aquiles de Occidente se encuentra en el segundo frente: el porqué de la guerra. De ahí la febril actividad de los intelectuales políticamente correctos, para construir una apología de la guerra justa, capaz de conquistar a la opinión pública mundial. La caballería blindada -del "pensamiento"- bajo las ordenes de los comandantes Samuel Huntington y Giovanni Sartori, apoyada por la coronela en retiro Oriana Fallaci y un sinnúmero de peones anónimos, forman el ejército de la luz que libra "la madre de todas las batallas" contra las fuerzas de la oscuridad. Y desde el bunker del poder occidental, el petite Napoleón de la Unión Europea, Tony Blair, traza el sendero luminoso de la victoria, secundado por dos arquetipos del parque jurásico liberal: Anthony Giddens y Ralf Dahrendorf. La consigna del triunfo que el pequeño Napoleón le ha dado a sus huestes intelectuales es sencilla: civilización contra barbarie. No es una bandera nueva ni creativa, porque difícilmente se encontrará en la historia bélica una conflagración que no se haya propagandizado en estos términos: desde las guerras de rapiña de los griegos y romanos -que acuñaron el término bárbaro para sus víctimas-, hasta las matanzas de la conquista española en América y la misión civilizadora de Adolf Hitler frente a los eslavos subhumanos de Polonia y Rusia. No es nuevo ni creativo el paradigma apologético de Tony Blair, pero hay que concederle al Primer Ministro de Su Majestad que la mercancía que tiene que venderle al ciudadano mundial no le facilita las cosas. Esa mercancía -más allá de las pamplinas de la guerra religiosa, del fanatismo de los kamikaces asiáticos y de la civilización versus la barbarie- es la noción de la benevolencia del sistema mundial del Grupo G-7 y de las buenas intenciones de las potencias que lo conforman.
El
Secretario de "Defensa" estadounidense, Donald Rumsfeld, ha definido
esa esencia del conflicto con admirable claridad. Preguntado acerca
de lo que constituiría un triunfo en la guerra, el representante
del complejo industrial-militar imperial contestó que el
éxito consistiría en que el mundo aceptara la forma de vivir de los
estadounidenses, el famoso American Way of Life. En la propaganda de
los intelectuales políticamente correctos, esto significa que el mundo
debe respetar la libertad de prensa, la tolerancia religiosa y la
democracia estadounidense. En una palabra, la "sociedad
abierta". Pero,
si esto fuera así y los mullá del American Way of Life tuvieran razón,
no habría ningún problema con la política de Estados Unidos, porque
a nadie en el Tercer Mundo le importa si el ciudadano estadounidense
se encanta con Arnold Schwarzenegger, si le gustan los Kentucky
Fried Chicken y Mc Donalds, o la razón de su incapacidad
para
organizar elecciones limpias. Serían
asuntos internos del "país de los libres y valientes", como
El
problema con el American Way of Life y, por extensión, con el European
Way of Life, es que Estados Unidos consume alrededor del 25 por
ciento de la energía mundial, cuando sólo representa el cinco por ciento
de la humanidad. Es decir, el modo de vivir de los estadounidenses
es sólo posible para mil millones de seres humanos, cuando
el genero ya cuenta con 6.4 mil millones. Por lo tanto, 5.4 mil
millones se quedan excluidos de los beneficios de la sociedad global.
El problema del American Way of Life y de la Unión Europea (G- 7)
es que mantienen a sangre y fuego un sistema de apartheid mundial en
el cual, como decía Jean Paul Sartre hace treinta años, hay mil millones
de seres humanos y más de cinco mil millones de infrahumanos,
a los cuales se les niegan sus derechos humanos elementales. Y
el segundo problema de mercadotecnia de los mullá occidentales es que
su apología de civilización-barbarie sólo sirve para gente sin memoria
ni conciencia. Porque es precisamente en Asia donde los civilizados
europeos y estadounidenses han cometido horrendos crímenes
en los últimos siglos. Entre ellos: la barbarie colonial de Inglaterra
en la India y la de los franceses en Indochina; de los ataques
nucleares de Estados Unidos contra la población civil de Hiroshima
y Nagasaki y después la matanza de alrededor de cinco millones
(¡!) de asiáticos en Vietnam, Camboya y Laos, durante su intervención
militar hace cuatro décadas, que incluía el apoyó al régimen
terrorista de los Khmer Rojo que asesinó a más de un millón de
ciudadanos camboyanos.
No,
no es fácil la tarea de mercadotecnia encargada a los Huntington, Sartori
y Cia., de convertir a la coalición occidental en heraldos de la
democracia y civilización, luchando contra las hordas del ángel caído.
Porque en el mundo real, la alternativa entre la coalición y los
talibán no es el binomio de civilización-barbarie, sino la opción entre
la barbarie capitalista del neoliberalismo occidental y la barbarie
precapitalista de un movimiento integrista asiático. Y entre ambos
proyectos reaccionarios se hará polvo al pueblo de Afganistán. Esto,
sin embargo, no causará mayores problemas de conciencia a los mullá
de Occidente. Durante
la guerra de Vietnam, Samuel Huntington fue un entusiasta apologeta
de la destrucción del campesinado vietnamita por la alta tecnología
militar estadounidense; y su colega Giovanni Sartori clasificaba
en 1968 en el diario italiano Corriere de la Sera al movimiento
estudiantil como promotor "del advenimiento de la asnocracia".
Sartori, pese a su mediocridad científica, dio en el blanco.
Advinó la asnocracia y llegó para quedarse.
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