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Oslo, ¿a qué precio? Sábado/27/04/2002 Por Edward W. Said Fuente:Periódico diario "La Jornada", México |
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Las imágenes transmitidas por Al Jazeera tienen una claridad que quema. Hay una suerte de evidente heroísmo palestino que viene a ser la noticia más importante de nuestro tiempo. Todo un ejército, una armada y una fuerza aérea suministrados con munificencia y sin condiciones por Estados Unidos han estado sembrando destrucción en 18 por ciento de la franja occidental y en 60 por ciento de Gaza que se han concedido a los palestinos después de 10 años de negociaciones con Israel y Estados Unidos. Hospitales, escuelas, campos de refugiados y residencias civiles palestinos son sujetos a un despiadado y criminal asalto por soldados israelíes pertrechados en los helicópteros de combate, sus F-16 y sus tanques Merkava, y aun así los guerreros de la resistencia, pobremente armados, enfrentan sin pedir ni dar cuartel a esta fuerza ridículamente más poderosa. En Estados Unidos, CNN y periódicos como The New York Times, para su descrédito, jamás mencionan que la "violencia" es desigual y que no se trata de una confrontación entre dos fuerzas, sino de un solo Estado que arroja todo su enorme poderío contra un pueblo desposeído y varias veces refugiado, carente de un Estado propio, privado de armas y de un liderazgo real, con el propósito de destruirlo, de "asestarle un golpe terrible", como sin pudor alguno ha expresado el criminal de guerra que en estos días acaudilla a Israel. Como indicador del grado de locura al que ha llegado Sharon, permítaseme citar lo que dijo a Haaretz el 5 de marzo: "la Autoridad Palestina está detrás del terror, es toda terror. Arafat está detrás éste. Nuestra presión se encamina a detener ese mal. No esperemos que Arafat actúe contra él. Tenemos que infligir a los palestinos cuantiosas pérdidas para que sepan que no pueden seguir recurriendo al terror y obtener logros políticos". Además de revelar sintomáticamente las maquinaciones de una mente obsesionada con la destrucción y el odio absolutos, las palabras de Sharon ilustran la falta de razón y de sentido crítico que se desencadenó sobre el planeta a partir de septiembre pasado. Sí, hubo un atentado terrorista, pero el mundo es algo más que terror: hay política, hay lucha, hay historia, injusticia y resistencia; y sí, también terrorismo de Estado. Salvo algún raro comentario de la comunidad académica o intelectual estadunidense, hemos sucumbido por completo al uso pervertido y promiscuo del lenguaje y el raciocinio, según el cual todo lo que no nos agrada es terror, y todo lo que hacemos es puro y bueno: combatir el terror, sin importar cuánta riqueza, cuántas vidas y cuánta destrucción cueste. Hemos barrido con todos los preceptos de la Ilustración con los que intentamos educar a nuestros estudiantes y conciudadanos, y los hemos sustituido con una desproporcionada orgía de revanchismo e ira supuestamente virtuosa, que al parecer sólo los ricos y poderosos tienen derecho a sentir y usar para justificar sus actos. No es extraño que un matón de cuarta categoría como Sharon se sienta facultado (por emulación y derivación) a actuar como lo hace, cuando en la mayor democracia de la Tierra las leyes, los derechos constitucionales, los recursos de habeas corpus y la razón misma se han tirado a la basura en la persecución del terror y el terrorismo. Hemos fracasado en nuestra misión de educadores y ciudadanos por dejarnos embaucar de ese modo sin tener siquiera un debate público organizado sobre un presupuesto de defensa que se ha disparado a 400 mil millones de dólares, mientras 40 millones de personas carecen de seguro médico. Exterminio racista A israelíes, árabes y estadunidenses por igual se nos dice que la nación requiere de esos gastos y esa destrucción porque hay una buena causa de por medio. Tonterías: lo que hay de por medio son intereses para que los gobernantes conserven el poder, las corporaciones obtengan utilidades y los pueblos se mantengan en un estado de consentimiento manufacturado, con tal de que no se levanten una mañana y comiencen a preguntarse adónde, en esta locura tecnológica de bombardeos y matanzas, iremos a parar. Israel está empeñado en una guerra dirigida lisa y llanamente contra civiles, aunque nadie en Estados Unidos lo expresa en esa forma. Se trata de una guerra racista y, en su estrategia y sus tácticas, colonial. Se somete a un pueblo a la muerte y a un sufrimiento fuera de toda proporción porque no es judío. ¡Qué ironía! Y, sin embargo, CNN no se refiere jamás a los territorios "ocupados", sino siempre a la "violencia en Israel", como si los campos de batalla fueran las salas de concierto y los cafés de Tel Aviv y no los guetos y campos de refugiados de Palestina, rodeados por no menos de 150 asentamientos ilegales israelíes. Durante los 10 años pasados, Estados Unidos ha impuesto al mundo el gran fraude de Oslo, y apenas sí se tiene conciencia de que sólo significó ceder 18 por ciento de la franja occidental y 60 por ciento de Gaza. Nadie sabe geografía, y más vale que así sea, pues la realidad en el terreno es para dejar pasmado a cualquiera si se toma en cuenta tanto bombo y platillo y tanta vanagloria. Aun así, ese seudoexperto insufriblemente engreído de Thomas Friedman tiene el cinismo de decir que la "televisión árabe" muestra una visión unilateral, que debería presentar el punto de vista de Israel, como hace CNN, usando la expresión "violencia en Medio Oriente" como encabezado para cubrir la limpieza étnica que Israel perpetra en los guetos y los campos palestinos. ¿Alguna vez ha intentado Friedman -o CNN, para el caso- señalar la diferencia entre un ejército ofensor que libra una guerra colonial en un territorio que ha ocupado durante 35 años y el pueblo que se defiende de semejante carnicería? Por supuesto que no; por qué habría de molestarse en decir con honradez que no hay ocupación palestina, ni F-16, helicópteros Apache o tanques Merkava palestinos; en suma, que no es Palestina quien ocupa a Israel. Con eso se demuestran las credenciales de Friedman como reportero y comentarista "honesto" que no ha podido explicar sin adornos el punto de vista estadunidense ni entender las causas árabe y palestina. ¿Acaso no ve que él y sus escritos son parte del problema, que con sus dramáticas justificaciones y falsedades, carentes de cualquier rasgo de esa autocrítica que con tanta fanfarronería exige a otros, en realidad agrava la ignorancia y la deformación de la realidad, en vez de reducirlas? El cuadro que se percibe en Estados Unidos es que los israelíes luchan por su vida y no por sus asentamientos y bases militares en el territorio palestino ocupado. Hace meses que los medios estadunidenses no presentan mapas. El 8 de marzo, hasta ahora el día más sangriento para los palestinos en esta intifada que dura ya 18 meses, el noticiario nocturno de CNN especificó la muerte de "40 personas", y ni siquiera mencionó la de varios trabajadores de la Media Luna Roja, asesinados cuando los tanques israelíes impedían con crueldad que las ambulancias se acercaran a los heridos. Sólo se habló de "personas", sin ninguna imagen del infierno en el que habían estado viviendo en el año 35 de ocupación militar: Tul Karem, sometido a un sitio de sitios con toque de queda las 24 horas, sin suministro de agua y energía eléctrica, con rondines sistemáticos y 800 jóvenes arrancados de sus hogares; el aplastamiento a discreción de casas de refugiados, la inmensa destrucción de propiedades -y no hablo de centros nocturnos o instalaciones deportivas, sino de chozas y cobertizos en los que escasamente sobreviven estos refugiados que han sido desplazados dos veces- y los casos innumerables de sádica crueldad contra civiles inermes, a quienes se empuja y golpea y se deja morir desangrados; mujeres que dan a luz niños muertos porque se les hace esperar sin necesidad en los cruceros de las carreteras israelíes; ancianos a quienes se obliga a desnudarse, quitarse los zapatos y caminar descalzos para que los revise un mozalbete de 18 años que masca chicle mientras blande un M-16 que mis impuestos han ayudado a pagar. Los campos de Balata, Aida, Dheheisheh y Azza, los villorios de Khadr y Husam, todos reducidos a escombros sin la menor mención en la prensa estadunidense, a cuyos directores en Nueva York, con alguna excepción aquí y allá, eso no causa malestar alguno. Los incontables muertos y heridos, los insepultos y los que no reciben auxilio, para no hablar de los cientos de miles de mutilados, o cuyas facciones han quedado distorsionadas o marcadas en forma catastrófica por un sufrimiento que se inflige sin discriminación, todo ello ordenado a distancia segura de la acción, en la frondosa y tranquila Jerusalén occidental, por hombres para quienes Gaza y la franja occidental son distantes hoyos de ratas, infestados de insectos y roedores que deben ser "sometidos" y sacados de su madriguera para recibir una lección, según la jerga corriente entre el alto mando militar israelí. En días recientes, con el ataque más intenso de todos, en el que Ramallah fue invadida y arrasada por 140 tanques israelíes, se completó la reconquista de los territorios autónomos palestinos ya ocupados. Hoy los palestinos pagan el oneroso precio que sin su conocimiento les impuso el acuerdo de Oslo, el cual, después de 10 años de negociaciones les dejó jirones de terreno carentes de coherencia y continuidad, con instituciones de seguridad concebidas para garantizar su sometimiento a Israel y una vida que los empobrece para que los israelíes pudieran prosperar. En vano algunos de nosotros advertimos durante esos años que la distancia entre las palabras de paz de Estados Unidos e Israel y las estremecedoras realidades en el terreno jamás se redujo, y ni siquiera se hizo el intento de hacerlo. Palabras como "proceso de paz" y "terrorismo" se fijaron sin ningún referente real. Las confiscaciones de terreno se pasaron por alto, o bien se les refería a las "negociaciones bilaterales" que se llevaban a cabo entre un Estado que consolidaba su apropiación de un terreno que ambicionaba a cualquier costo, y un grupo mediocre de negociadores desinformados al que le llevó cuatro años conseguir, ya no digamos utilizar, un mapa confiable de los territorios que estaban negociando. La peor distorsión de todas es que en los 54 años transcurridos desde 1948, jamás se permitió que surgiera a la luz un relato del heroísmo y sufrimiento palestino. Se nos presentan a todos como fanáticos extremistas, violentos por naturaleza, que apenas somos poco más que los terroristas que George Bush y su comparsa han impuesto en la conciencia de una población pasmada y sistemáticamente mal informada, con el auxilio acrítico de todo un ejército de comentaristas y estrellas de los medios de comunicación: los Blitzer, Zahn, Rather, Brokaw, Russert y otros de su calaña. Apenas si hacen falta los cabilderos israelíes con semejantes fieles discípulos que trotan alegremente detrás de ellos.
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