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Primero
era una cruzada. Después se convirtió en una "guerra por la
civilización". Luego fue la "guerra sin fin". Después
se habló de la "guerra contra el terror". Ahora, créanlo o
no, el presidente Bush nos está prometiendo una "guerra titánica
contra el terror". Esto se pone cada día más extraño. ¿Qué
puede venir después? Después de las más recientes proyecciones de
Bush, dadas a conocer la semana pasada ("sabemos que miles de
asesinos entrenados planean atacarnos") es de esperar que el
presidente traiga guardado en la manga un cliché aún más
gigantesco.
Bueno,
Bush tiene que haber sabido lo del aspirante a bombardero
"sucio" de Chicago, otro secretito que se guardó durante un
mes hasta que decidió que le servía de algo compartirlo con el
pueblo estadounidense. Debemos saber más de este extraño episodio, y
me atrevo a adivinar que los hechos se irán modificando en los próximos
días o semanas.
Pero,
¿qué puede ser más titánico que el nuevo y ominosamente llamado
"Departamento de Seguridad Interna", con sus futuros 170 mil
empleados y su presupuesto de más de 37 mil millones de dólares?
Este organismo, nótese, no incorporará a las rivales dependencias de
la Agencia Central de Inteligencia (CIA) ni a la Oficina Federal de
Investigaciones (FBI), las que se están lanzando a sus mutuas
yugulares ante el fracaso en prevenir los crímenes contra la
humanidad del pasado 11 de septiembre. El nuevo departamento
garantizará que la batalla de inteligencia será triangular entre la
CIA, la FBI y los muchachos de "Seguridad Doméstica". Esta
será, sospecho, la verdadera "guerra titánica".
Y
como los agentes de inteligencia estadounidense no van a vencer así a
sus verdaderos enemigos, la suya es una misión imposible pues no se
les permitirá hacer lo que cualquier organización de combate al
crimen haría para garantizar su éxito: buscar el móvil del crimen.
No se les permitirá preguntar "por qué"; sólo "quién"
y "cómo".
Y
debido a que se trata de una guerra contra el mal, contra "gente
que detesta la democracia", entonces todo intento por descubrir
las razones reales de este odio hacia Estados Unidos -las muertes de
decenas de miles de niños en Irak, tal vez, o el baño de sangre
israelí-palestino, o la presencia de tropas estadounidenses en Arabia
Saudita- heriría demasiado susceptibilidades en la política exterior
estadounidense, en las relaciones que unen a Estados Unidos con el
primer ministro israelí, Ariel Sharon, y ofendería también a un
montón de dictadores árabes.
He
aquí sólo un ejemplo de lo que quiero decir. Las nuevas reglas
estadounidenses de "seguridad" obligarán a cientos de miles
de árabes y musulmanes de ciertos países a someterse a la toma de
sus huellas digitales, a que se les fotografíe e interrogue en el
momento de ingresar a Estados Unidos. Estas normas se aplicarán, según
el procurador general John Ashcroft, a prácticamente todos los
visitantes de Irán, Irak, Siria y Sudán, países cuyos habitantes,
en su mayoría, ya no podrán obtener visas estadounidenses.
La
lista de naciones no sorprende. Irán e Irak son parte del infantil
"eje del mal" de Bush. Siria está en la lista
presumiblemente porque apoya la guerra del movimiento integrista Hamas
contra Israel.
Se
trata de una lista construida en torno a la política de Bush del bien
contra el mal. Pero ni un sólo ciudadano de Irán, Irak, Siria o Sudán
ha sido acusado de planear las atrocidades del 11 de septiembre. Los
aeropiratas suicidas provenían en su mayoría de Arabia Saudita; otro
de ellos venía de Egipto y un tercero de Líbano. Todos los hombres
que han sido arrestados en Marruecos -todos ellos ligados a la red Al
Qaeda- son saudiárabes.
Pese
a esto los saudiárabes, que formaban la amplia mayoría de los
asesinos de septiembre no tendrán problema alguno para ingresar a
Estados Unidos bajo las nuevas normas de seguridad. En otras palabras,
hombres y mujeres del único país de cuyos ciudadanos Estados Unidos
tiene motivos de temer, estarán exentos de las huellas digitales, la
fotografía y el interrogatorio cuando lleguen al aeropuerto John F.
Kennedy de Nueva York.
Esto
se debe, desde luego, a que Arabia Saudita es de los buenos, un
"amigo de Estados Unidos", la tierra con las más grandes
reservas de petróleo del mundo. Egipto también quedará exento de
las medidas de seguridad debido a que su presidente, Hosni Mubarak,
apoya el "proceso de paz".
Así,
las nuevas normas de seguridad estadounidenses se están cimentando más
en torno a las fantasías políticas de Bush que en la realidad del
crimen internacional. Si ésta es una guerra entre "los inocentes
y los culpables" -según otra agudeza más de Bush de la semana
pasada-, entonces la tierra de la que provienen los culpables no tendrá
problema alguno con los muchachos del Departamento de Seguridad
Interna o el Departamento de Inmigración.
Pero
en todo caso ¿por qué habrían los árabes de tomar en serio a Bush
en estos momentos? El hombre que juró pelear una "guerra sin
fin" contra el "terror" le pidió a Israel, en abril
pasado, detener sus operaciones en Cisjordania, y después se sentó a
esperar mientras Sharon proseguía esas operaciones durante un mes más.
El 4 de abril Bush exigió a Sharon tomar "acción
inmediata" para flexibilizar el sitio israelí sobre las ciudades
palestinas, pero dos meses después, el Sr. Sharon -un "hombre de
paz, según Bush- seguía reforzando dichos cercos.
Si
el señor Sharon no teme al señor Bush, ¿porqué debía Osama Bin
Laden estar preocupado? La respuesta al llamado hecho la semana pasada
por el presidente Mubarak para que se proponga una agenda para la
creación del Estado palestino es de una ilógica extraordinaria, aun
dentro de los absurdos estándares de Bush. Teniendo en cuenta, sin
duda, que dos días después se reuniría con el señor Sharon, Bush
respondió: "No estamos listos para presentar un calendario específico,
salvo por el hecho de que debemos comenzar pronto, con celeridad, para
aprovechar el momento".
Las
palabras de Bush se pueden interpretar de la siguiente forma: este
asunto es tan importante que debemos actuar de manera urgente y a toda
prisa, pero tampoco es tan importante como para molestarnos en decir
cuándo tenemos que actuar. El señor Sharon, desde luego, no quiere
que se haga tal "calendario". El señor Sharon no quiere un
Estado palestino. En un momento en que el señor Bush debió mostrar
decisión tanto a sus amigos como a sus enemigos, volvió a reprobar
el examen.
Después
de que Sharon apareció en la Casa Blanca, Bush ridiculizó al
presidente palestino, Yasser Arafat, y siguió la corriente a la
negativa de Sharon de hablar con él, con lo que además,
virtualmente, desestimó la cumbre para Medio Oriente que los
palestinos y el mundo quieren celebrar este verano y con la que el señor
Sharon, por supuesto, no está de acuerdo.
Mientras
tanto, al igual que el señor Sharon, todos los hombres que proclaman
estar combatiendo el terror están usando esta lunática
"guerra" para sus propios intereses Los egipcios, quienes
supuestamente advirtieron a la CIA sobre un ataque anti-estadounidense
antes del 11 de septiembre, han estado muy ocupados aprobando una
nueva ley que restringirá el trabajo de organizaciones no
gubernamentales, lo que volverá casi imposible que grupos en favor de
los derechos humanos funcionen en Egipto. No habrá en este país, por
lo tanto, más denuncias sobre la práctica de la tortura por parte de
la policía.
A
su vez, el ejército de Argelia, que se cree jugó un papel
fundamental en los asesinatos masivos que forman parte de una guerra
sucia que se ha perpetrado en los últimos 10 años, ha estado llevado
a cabo ejercicios con barcos de la OTAN estacionados en el Mediterráneo.
Veremos más de esto en el futuro.
Era
casi inevitable, por supuesto, que un día encontráramos en Estados
Unidos a alguien que pudiera explicar la diferencia entre los
"buenos terroristas" -aquellos que no debemos bombardear,
como son el ERI, ETA y el viejo Congreso Nacional Africano- y los que
debemos bombardear. Así fue como Michael Elliott apareció en la
revista Time de la semana pasada para decirnos que "no
todos los terroristas son iguales". Existen, según él,
"terroristas políticos" que tienen un "objetivo
identificable", y los "terroristas milenarios", quienes
carecen de todo objetivo político y "deben su lealtad a una
autoridad superior en el paraíso".
Así
que ahí lo tenemos. Si los terroristas hablan con los
estadounidenses, entonces no hay problema con ellos. Pero si no lo
hacen, entonces lo que sigue es la guerra eterna. En vista de esta
retorcida moralidad, ¿quién puede creer realmente que
"Seguridad Interna" va a atrapar a los villanos antes de que
ataquen nuevamente?. Mi pronóstico es que esta "guerra titánica
contra el terror" tendrá el mismo destino que aquél barco del
mismo nombre que decían que era imposible hundir. Y ya todos sabemos
lo que pasó con él.
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