¿QUIEN ES EL MUSULMÁN? Musulmán
es una palabra castellana antigua que proviene del árabe muslim,
que significa “quien se entrega”.
Esta es una referencia a las personas que son conscientes de su
realidad y su lugar en el universo acaban por entregar su vida al
Creador y Soberano de todo lo existente: Dios (Allah
en árabe) la única deidad que merece ser adorada. Hay
tres puntos importantes
respecto al concepto de musulmán: Primero:
no se trata de un nombre que significa una pertenencia a una iglesia o
religión oficial sino que describe una actitud ante la realidad y la
vida. Esto significa que quienes compartan esta misma actitud de
sometimiento al Creador y Soberano del universo serán pues musulmanes;
aunque no hayan conocido nada del Corán, de Muhammad o del Islam que
conocemos en la época moderna. Dios dice: “ciertamente
los creyentes, los judíos, los sabeos y los cristianos son los que
creen en Dios y en el Día del Juicio y hacen buenas obras. Esos no
tendrán qué temer y no estarán tristes” (El Corán 5:69) “ciertamente
los creyentes, los judíos, los cristianos y los sabeos son aquellos que
creen en Dios y en el Día del Juicio y hacen buenas obras. Esos tendrán
su recompensa asegurada con su Señor…” (El Corán 2:62), etc.
Desde el primer ser humano en la tierra hace millones de años hubo
gente que decidió voluntariamente adorar sólo a Dios y evitar la
adoración de criaturas; esta es la esencia misma del Islam y es algo íntimo
que el hombre guarda en su interior, no tiene nada que ver con la
pertenencia a una iglesia o grupo humano específico. Segundo:
El concepto de Islam está completamente ligado a la práctica de la
adoración y no se limita a la creencia en el corazón. El Islam, pues,
vendría a ser la práctica de las cosas que creemos en nuestro corazón
o nuestra mente (la unicidad de Dios). Dios siempre asocia la práctica
(las buenas obras) -como una extensión lógica y necesaria - a la fe
verdadera. El Corán dice: “¡Por
el tiempo! Ciertamente el ser humano está en perdición; excepto los
que creen en Dios, hacen buenas obras y se aconsejan la verdad y la
paciencia”. Tercero:
El musulmán no es ni aspira a ser perfecto o llegar a la unidad con
Dios o encarnación divina. El Corán establece claramente que el hombre
es un regente en la tierra en representación de Dios y no es Dios mismo
encarnado o algo así. El musulmán establece su práctica de la adoración
al Dios único como un medio de acercarse a la complacencia divina y no
como una manera de alcanzar la perfección. Es cierto, sin embargo, que
contar con la complacencia de Dios trae muchos beneficios al ser humano,
materiales o espirituales, que quedan a juicio de Dios cómo y dónde
manifestarlos, hasta el punto que Dios vela por el creyente y le protege
de forma natural o sobrenatural. El
musulmán es, pues, quien lleva su fe hasta un nivel de práctica diaria
real y permanente. No será perfecto pero avanza como puede en dirección
de la complacencia divina. Llega a cometer pecados, pues es humano y débil;
pero inmediatamente se arrepiente y pide perdón en su más íntimo
interior y sigue su vida. El
profeta Muhammad (ByP), en su grandiosa elocuencia, dice: “el Islam se
levanta sobre cinco pilares: el testimonio de que no hay más deidad que
Dios y de que Muhammad es su siervo y mensajero, la práctica del rezo (salat),
dar limosna (zakat), ayunar en ramadán y peregrinar a la Casa Sagrada
(La Kaaba en La Meca) una vez en la vida si se puede”. (Citado por Al
Bujari y Muslim) Estas
elocuentes palabras definen el mínimo de práctica islámica que debe
tener el musulmán en nuestros días, si es posible para él claro.
Estas cinco acciones mencionadas en este elocuente hadiz profético son,
pues, los cinco pilares del Islam; las cinco prácticas mínimas de todo
musulmán. Además
de estos cinco pilares que serán explicados en su momento, hay muchas
otras prácticas de adoración que el musulmán debe observar; dejar de
hacerlas sería un pecado, pero no implica la salida del Islam como
abandonar o negar las cinco mencionadas en el hadiz.
Las prácticas obligatorias para el musulmán, sin ser pilares,
es lo que comúnmente llamamos “buenas obras” y son las cosas que
cualquier mente sensata acepta como una conducta buena, decente y digna.
Entre las obligaciones más importantes (uayibát) destacamos: el cariño
para con los padres, reforzar los lazos familiares, decir la verdad,
tener paciencia ante las desgracias, ser generosos, no exagerar en los
lujos y diversiones, no perder el tiempo en cosas vanas, ser justo,
invitar a los demás a tener fe, paciencia y hacer buenas obras, etc.
Estas acciones, junto a los cinco pilares, conforman el cuerpo de los
mandamientos prácticos de Dios; llamados Sharía, que marcan una senda
de vida para el musulmán. El
Profeta (B y P) dijo: “cumplid con lo que podáis de lo que os ordeno
y absteneos de todo lo que os prohíbo”. Estas elocuentes palabras nos
aclaran que la práctica de los mandamientos está limitada por las
posibilidades y que lo que está fuera de nuestro alcance real no será,
pues, nuestra responsabilidad ante Dios. Estos
mandamientos no pueden inventados por hombres, sacerdotes, ayatolás o
pastores; deben estar basados en la palabra vigente de Dios (El Corán)
o en la tradición de sus mensajeros (Sunna) y el hombre debe tener
seguridad de su condición de mandamientos para ponerlos en práctica y
así acceder a la recompensa de Dios y Su complacencia. El
musulmán es y fue siempre una persona que cree en que Dios es el único
Creador y Soberano del universo y que sólo Dios debe ser adorado. Luego
de esto decide tomar una actitud frente a su creencia; decide hacerla práctica
obedeciendo a la voluntad de Dios, revelada a Sus mensajeros, y
sometiendo la mayor cantidad posible de sus actos a los mandatos de
Dios. No es un ser perfecto ni un dios encarnado, es un ser humano
sometiéndose racionalmente a la voluntad de Dios como le sea posible. El
profeta Jacob (B y P) dijo a sus hijos: “¡Hijos míos! Dios os ha escogido esta forma de adorar ¡No muráis
sino musulmanes! … Ellos dijeron: “Serviremos
a tu Dios, el Dios de tus padres Abraham, Ismael, Isaac, como a un Dios
único. Nos sometemos a Él”.
(El Corán 2:132-133) |