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HISTORIA DEL ISLAM

Lo que debemos al Islam

 


Por Fernando Sánchez Dragó*

 


Conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid

 

¡As-Salamu Aleikum!

Ante todo quiero manifestar mi gratitud, muchas gratitudes. Hace esca­samente dos o tres semanas Isidro Palacios me localizó en un lugar ignoto del Extremo Oriente, que es donde estoy viviendo en estos momentos y me dijo que si quería intervenir en estas jornadas... Le dije que me venía a con­trapelo pues acabo de llegar de allí, a veinte horas de avión aproximadamen­te, y mañana me vuelvo otra vez; estoy, por tanto, un poco aturdido con el jet-lager, con el desbarajuste biológico y ecológico que introduce en un ser humano esos saltos horarios continuos. Sin embargo, no podía decir que no porque yo tengo una deuda de gratitud con el Islam. He vivido bastantes años en países islámicos; he estudiado árabe clásico precisamente en las au­las de esta Facultad; por cierto, quiero mostrar también mi gratitud al Sr. Decano por permitirme tomar la palabra aquí, porque en este lugar es donde yo, más o menos, empecé a hablar en público por primera vez y recuerdo en una de esas primeras veces que  yo entré en este Paraninfo con motivo de la muerte de José Ortega y Gasset organizó el Decanato de la Facultad un homenaje que fue muy politizado —claro que estoy hablando del pleno fran­quismo—, y en ese homenaje tomó la palabra quien había sido compañero y amigo de D. José Ortega y Gasset, el gran arabista, el Profesor García Gómez, el cual había sido profesor mío en estas aulas. Recuerdo el batibu­rrillo que se armó cuando García Gómez empezó su intervención en aquel homenaje a Ortega diciendo algo tan inocente como “Yo que soy  liberal...”. En ese momento, todo el público se puso en pie y lo aplaudió. Eran otros tiempos.

A la entrada de esta Facultad, en la que yo estudié dos carreras, había entonces y supongo que sigue ahora, una inscripción que decía Siste Viator (Detente Caminante), al menos en lo que a mí se refiere, nunca mejor apropiada esta frase porque realmente vengo de tierras muy lejanas y me vuelvo otra vez a tierras muy lejanas.

Decía que tengo una deuda de gratitud con el Islam por muchas cosas.

En primer lugar, por la herencia española. No se puede ser español sin sentirse musulmán, sin sentirse islámico, sin sentirse gente del Norte de África y del Extremo Occidental de Asia.

En segundo lugar, por ese concepto del Honor y la Hidalguía que ha sido la columna vertebral durante muchos siglos del ser, del existir y del quehacer de los españoles y que debemos, como tantas otras cosas, a los árabes. El concepto de Hidalguía, es decir, el concepto de ser “hijo de algo”, hijo de sus propias obras, es un concepto perfectamente ajeno a Ia visión del mundo del pensamiento occidental, es algo que llega a España de manos de los árabes o de los musulmanes y aquí hecha raíces.

También tengo que manifestar mi gratitud al mundo musulmán por el concepto de Guerra Santa. El concepto de la guerra santa para una persona como yo que se define, con razón o sin ella, para bien o para mal, como un guerrero, es muy importante; porque a raíz, a partir del momento en que se introduce este concepto, los militares dejan de ser militares para convertirse en guerreros; la diferencia entre un militar y un guerrero es radical, es abismal: un militar vive de la guerra y, por tanto, fomenta las guerras, las inventa, las promociona; un guerrero, lo único que intenta, por su actividad de Justicia, de Fortaleza y de Templanza, es evitar precisamente los efectos de las guerras.

Al mismo tiempo, en paralelo a esta introducción en la historia militar del mundo del concepto de Guerra Santa, eso tan español que llamamos Ordenes Militares, que es también la transformación de un militar en caballero, es algo que es también herencia musulmana. Las órdenes de caballería, las órdenes militares, proceden de lo que entre los musulmanes se llama el Ribat, de donde viene la palabra, hermosamente española, Rábida, que era una especie de convento militarizado, de cenobio amurallado, y ahí es donde surge el concepto de la Caballería, donde nace la idea de la Orden Militar, y van a ser los cristianos cuando viajan a Tierra Santa, en los siglos de las Cruzadas, los que van a entrar en contacto allí con el mundo árabe, recibir este concepto Y trasplantarlo a España y a todo el mundo occidental. Pero en ninguna parte arraigó tanto ese concepto como en la Península Ibérica.

Mi gratitud también al mundo islámico por la poesía arábigo‑andaluza, que es la que ha permitido el florecimiento, por ejemplo, de la generación del 27 sin ir más lejos. No hubieran existido todos esos grandes poetas españoles sin el precedente de la poesía arábigo‑andalusí, que no fue descubierta, pero sí traducida, estudiada y puesta en órbita por Emilio García Gómez. Y gratitud por todo lo que es la visión del mundo de Al Andalus.

Gratitud igualmente, por la Escuela de Traductores de Toledo, gracias a la cual nació, entre otras cosas, ese concepto de Europa, ahora tan discutido, y del que hablaré brevemente en el transcurso de esta intervención.

Gratitud por cosas muy personales. Terminé mi Historia Mágica de España en la maravillosa ciudad de Fez y desde la ventana de mi domicilio, que estaba en la Ville Nouvel, en la Ciudad Nueva, en la ciudad francesa de Fez, yo veía Fez-El-Bali, la vieja medina de Fez que había sido levantada precisamente por mis antepasados, por los andalusíes que salieron huyendo de la revuelta del Arrabal de Córdoba en el siglo IX, y que se establecieron en Fez y allí levantaron este portento, esta maravilla, este laberinto de los laberintos.

Gratitud también por cosas como el Cus-cus, al que no deberíamos llamar así, sino Al Cuz-cuz que es como se llamaba antiguamente en España; y por el té a la menta o el té con yerbabuena. Gratitud también por el hachís que a mí, personalmente, me cambió la vida.

Gratitud porque el Islam, y los que hemos nacido y vivido en el seno del judeocristianismo sabemos hasta que punto puede ser importante esto, nos ha dado el ejemplo, nos ha marcado la pauta, nos ha señalado el camino de una religión sin iglesia, de una religión sin liturgia, o apenas sin liturgia y, en fin, por tantas otras cosas.

Suelo decir que algún día tendré que escribir, inevitablemente, un libro sobre el Islam; no sería un libro erudito, ni un ensayo filosófico, sería un libro vivencial y ya se como se va a llamar ese libro. Llevará el título, en lengua árabe, de tres palabras, por lo tanto, de tres conceptos que definen y delimitan perfectamente lo que es la peculiar filosofía, la peculiar manera de enfrentarse a la existencia que tiene el Islam; esas tres palabras son: Insha'Allah (Si Dios quiere), Boukra (Mañana), Shuai‑Shuai (Despacito)... Yo creo que al mundo de hoy, islámico y no islámico, le vendría bien asimilar estos tres conceptos y aplicarlos.

No tengo mucho tiempo, apenas treinta minutos, pero voy a intentar abrir algunas ideas de penetración en el fenómeno islámico; caprichosamente elegidas, algunas de estas líneas podrán ser ahondadas y profundizadas por los ponentes en estas jornadas sobre El Islam y el Nuevo Orden Mundial, y otras serán simplemente abandonadas.

Creo que inevitablemente me tengo que referir, puesto que estamos en España, en la Península Ibérica, en el Imperio de Occidente, puesto que estamos en Al Andalus, me tengo que referir a ese fenómeno sin parangón en la Historia Universal que fue el Islam en España. Y querría empezar evocando la figura del prototipo del guerrero ibérico, evocar la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid que, como sabéis todos, se llama así por palabra árabe y no castellana: Sidi (Señor). La mayor parte de lo que sabemos sobre el Cid es gracias a las crónicas árabes. El Cid que pasa por ser el gran paladín de lo castellano, de lo centrípeto de la España profunda judeo-cristiana, era, sin embargo, un individuo que pasó a la historia gracias a los árabes. Fueron los árabes los que recordaron su memoria y los cristianos recogieron esta memoria precisamente de las crónicas árabes. A mí me fascina el Cid  porque es la figura del caballero mozárabe. Cuando estaba escribiendo la Historia Mágica de España, en caracteres kúficos me hice hacer un tarjetón que coloqué en la puerta de mi casa donde decía Fernando Sánchez Dragó Al-Muzarabi, el mozárabe. Bueno, no hacía sino repetir lo que muchos siglos antes había hecho ese compatriota mío y vuestro que fue Rodrigo Díaz de Vivar.